lunes, 23 de septiembre de 2013
Bajo las estrellas

Bajo las estrellas


Siempre he sentido una gran admiración por las estrellas. De pequeña cuando iba de campamento, al campo o al pueblo, lugares en los que las estrellas se veían a millares y brillaban con muchísima más potencia que en Madrid, me quedaba con la boca abierta, perdida en ellas.

No tengo ni idea de porque me causan esta fascinación, pero creo que tiene algo que ver con el miedo a la oscuridad que he tenido siempre. Mi madre me compraba esas luces de los enchufes para ver el camino en la habitación, dormía con un gusiluz y pegué pegatinas de estrellas en el techo para que la oscuridad esa a la que tanto temía no me engulliera al apagar la luz.
Eran pequeñas estrellas en mis noches oscuras. Por eso cuando descubrí las reales, caí de inmediato en su influjo. 

Más o menos, esta frase lo resume a la perfección:



"Amo tan profundamente a las estrellas que no tengo miedo a la noche"  ( algo así).

¿Y porqué está esta loca hablando de las estrellas? ¿Se habrá vuelto astronauta? Mmmmm, podría ser, pero no...
El caso es que he estrenado mi casa nueva, una buardilla con ventana encima de mi cama y ¡veo las estrellas! Voy tan emocionada por la vida que se lo voy diciendo a todo el mundo: "¿Sabes que desde mi cama veo las estrellas?" o " En Madrid sí que hay estrellas ¡y las veo desde mi cama!"

No es que sea como Heidi en los Alpes desde su granero, pero esas cuatro estrellas son mías, y me reconfotan para dormir, sobretodo en este año en el que mi sueño placentero me ha abandonado...


Lo peor de todo es que había olvidado lo que me gustaban. Claro, tanto tiempo sin verlas y una se olvida de todo... 
Recuerdo una vez que mis padres nos llevaron a mi hermano y a mi a una exposición de minerales (yujuuu gracias papá y mamá, ¿no había entradas para el parque de atracciones?), el caso es que me quede embombada viendo una pedazo de piedra Lapislázuli azuloscurocasinegro, cuajada de estrellas. El vendedor me dijo que contenía un trocito del firmamento. Me emperré y me la llevé a casa y cada noche la acariciaba antes de dormirme. 

Si aún tuviera esa piedra, no me habría olvidado de ellas. Por eso me tengo que hacer con este anillo de lapislázuli de Mónica Vinader. O si alguna alma caritativa quiere regalármelo... Un recuerdo diario de esas cuatro estrellas que veo desde mi cama.
 

-Be.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Volando voy...

Volando voy...


Ya sé que ya llevamos medio mes de septiembre, pero es que practicamente acabo de aterrizar, literalmente y mentalmente... Y es que este post va de eso, de altos vuelos...

Me he pasado una semana desde que llegué de las vacaciones buscando mi agenda y es lo que tiene tener una mente despistada, sin ella estoy perdida porque apunto absolutamente tooodo.

La abro y lo primero que tengo que hacer es cambiar mi dirección, otra vez, la cuarta dirección en un año, se avecina la tercera mudanza...  Me pongo a repasar las páginas de lo que ha sido este último año -porque todos sabemos que el año empieza en septiembre- y me doy cuenta de que ha pasado volando. Perdón, corrijo, he sido yo la que pasado volando por la vida.



Hagamos recuento: cambio de vida radical de 360 grados, nuevos trabajos, adiós a nuevos trabajos, nuevas amistades, dos familiares especiales se van, 3 amigas aún más especiales se casan, miles de viajes (londres, milán, verona, parís, ny y cancún), fines de semana inolvidables (zaragoza, león, low, altea, la roda...) nuevos sentimientos, algunos buenos otros no tanto, decepciones y alegrías, una nueva familia (la mía) reencontrada y un hermano con el que nunca pensé que me iba a llevar tan bien.

Y aquí estoy, en mi 31 de diciembre particular haciendo balance de lo que ha sido el año. El más frenético de mi vida, el año en el que he vivido sola por primera vez y en el que he cumplido 30 y me he dado cuenta que soy más niña de lo que pensaba, en el que he tenido que madurar por narices... Y lo primero que siento es vértigo.

Si, vértigo, porque me he dado cuenta de que voy volando, a toda pastilla y sin frenos y alto muy, muy alto. La verdad es que yo no soy de pensar mucho y me dejo llevar. Me dejo llevar tanto que de repente una corriente de aire nueva me desestabiliza y hace que mire al suelo y vea lo alto que voy.

Sé que necesito bajar a tierra y ver las cosas más de cerca antes de darme el trompazo, pero no lo puedo evitar me gusta dejarme llevar, me da miedo ver lo que hay en la tierra... Y este nuevo año (curso) parece que viene igual de loco y rápido y lo admito, me encanta.

Pero para no volar sin retorno llevaré mi pequeño ancla particular que me hace recordar que la vida está ahí abajo, no entre las nubes...

¿Y vosotras? ¿Sois más de estar en las nubes? ¿O pisáis suelo firme?
-Be.